domingo, 10 de abril de 2011

Tarde sin sentido


Veo y escucho, en el episodio sexto de la segunda temporada de The Wire, a un personaje de ficción, Omar —un honorable ladrón de traficantes, homosexual y con carisma—, responder al abogado defensor, que intenta desvirtuar su testimonio:


—Usted es amoral, se alimenta de la violencia y la desesperación del comercio de las drogas; roba a los que a su vez roban la vitalidad de esta ciudad. Es usted un parásito que se aprovecha…


—Exactamente igual que usted. Yo tengo mi pistola, usted tiene su maletín. Pero todo forma parte del mismo juego.


En otro momento, otro día, podría haber encontrado un motivo de comunión con la especie humana en este gesto, en estas breves líneas de un guión que alguien totalmente ajeno a mí, con quien probablemente no me encuentre en toda mi vida, escribió un día.

Sin embargo, hay tardes en las que una no tiene ganas de levantarse y sonreír como enconado y persistente método de rebelión pasiva ante la impotencia que habría de comérsela a una por dentro.


Que el mundo funciona como un extraño mecanismo marítimo —la mierda flota y se encuentra en mayor cantidad cuanto más subes—, que los dictados de los mercados pesan más que las vidas humanas, que los incapaces se rodean de sus semejantes y expulsan a aquellos que podrían hacer evidente la diferencia —sin plantearse las repercusiones de sus acciones, que el esfuerzo de reflexionar es imposible de asumir en ciertos casos—, que las mayores empresas del mundo se nutren del sufrimiento ajeno, que la totalidad del engranaje social está destinada a vender falacias y recolectar productividad ajena para que cuatro puedan derrochar recursos mientras cuatro millones se mueren de hambre… Todo eso lo llevabas bien. Cada día te levantas, te alimentas y te untas de hidratante nutritiva, y disfrutas de tus cosas mientras tarareas una canción. Y en tu mundo nada ni nadie puede penetrar, el brazo más largo no puede alcanzarte.


Pagas tus facturas, para lo cual manejas siete bolas en el aire en un circo de tres pistas, ves cómo los más débiles se desmoronan ante un billete y cómo la realidad que te rodea es únicamente una gran y reluciente fachada con avanzadas pantallas líquidas sensibles a la temperatura ambiente. Todos compran enormes cajas de lujoso envoltorio, con brillantes colores y atractivas texturas, cuyo contenido, de existir, no tendría gran importancia para ellos.


Y llegas a casa, y limpias el polvo del salón, y planchas la ropa y haces la comida; y te pintas las uñas de los pies, y le echas suavizante a la colada para ver si el olor y el calor de hogar te calma el espíritu desgastado mientras duermes. Sonríes y paladeas hasta lo más mínimo —esa brisa matutina con aroma de almendros— porque prefieres morir de pie, y no encuentras nada más parecido a doblegarse que dejarte caer el espíritu ante el ‘las cosas siempre han sido así y siempre seguirán siéndolo’ que tu madre —o aquella que habían inoculado dentro de tu madre, desde la infancia— te repetía una y otra vez cuando tenías quince años.


Pero un mediodía descubres que el dolor es aleatorio, que de entre todos los seres a los que puede golpear, también elige a los inocentes, que no existe un porqué cuando se trata de infortunios. Y aunque las consecuencias reales del caso concreto no se vayan a derramar sobre ti o tu alrededor inmediato, de repente te ves obligada a encarar que, al menos en el espacio y profundidad que da una única vida humana, nadie puede percibir una brizna de justicia divina, el equilibrio que suponías que gobernaba los flujos energéticos no existe, y nada tiene sentido.


De repente, una tarde, la pasas escuchando a Mahler con su Ich bin der Welt abhanden gekommen, y de verdad te parece, no ya que no seas capaz de seguir el compás del mundo, sino que no te apetece seguirlo.

Aunque seas consciente de que por la mañana volverás a bailar a su ritmo.

viernes, 1 de abril de 2011

El dilema de las bolitas o el azar, que gobierna nuestras vidas



El increíble y eterno dilema de las bolitas: todas son iguales. Pequeñas bolitas, gránulos, como diminutas bolas de adivinas o como infinitesimales satélites terrestres o como gigantescas partículas de cloruro sódico. Las bolitas blancas tienen el mismo aspecto, todas; todas tienen el mismo tamaño y reflejan la luz exactamente en el mismo porcentaje, vengan del frasco que vengan. No existe diferencia alguna, a simple vista, entre un gránulo de Nux Vomica, uno de Mercurius Corrosivus o uno de Oscilococcinum a la 9CH.

A veces imagino el desastre que resultaría de que, por una desafortunada y extraña circunstancia, todos los viales repletos de esféricos corpúsculos aumentados se abrieran y derramaran, todos a una, su contenido por los suelos de una farmacia cualquiera. No habría manera de identificar a qué vial pertenece cada granulito, entre la hipotética mancha de confeti neutral, inodoro y con idéntico sabor a azucarillo. Un Lichtenstein en blanco; la náusea de Sartre y todo el extrañamiento junto de Kafka y Camus, esculpidos a un solo golpe de vista. Quizá para evitarlo concibieron el complejo mecanismo que encierra las bolitas blancas y las dispensa de una en una con bastante dificultad, la mayoría de las veces. Porque si salieran así, fácilmente, todos los días ocurriría un desastre, en algún lugar.
Todos los días en cualquier lugar del mundo, por seguro, se abriría una cierta cantidad de viales desparramando gránulos idénticos por todas partes y habría que tirarlos todos a la basura, y volver a hacer el pedido de toda la mercancía, cualquiera que fuera su cuantía, la causa del desastre y el valor de las consecuencias.
Aun así —está bien, asumo que tampoco es para tanto— supongo que la mayoría de las veces no habría bajas ni heridos ni nada por el estilo, si desestimamos la seguramente insignificante probabilidad de que confluyan desgraciadas circunstancias en un cúmulo de despropósitos; a saber: que la farmacéutica, además de estrenar tacones de aguja metálicos, haga gala no sólo de una torpeza aguda y peculiar, sino además de una fragilidad física desconcertante acompañada de una dosis elevada de mala suerte habitual, y que lo delgado de su punto de apoyo junto con su ligereza de peso provoquen que resbale con una perlita de increíble dureza y, al caer, mal, se rompa la crisma. Ahora mismo no sabría calcular el porcentaje de probabilidad de que eso ocurriera, pero me da que debe de ser bajísimo. Así que tampoco sería el fin del mundo para la casi totalidad de los implicados.
Cuando hablaba de desastre trataba de darle cierta magnitud poética, no pretendía equiparar el supuesto desperdicio siquiera de un palé de cajas de tubos de gránulos de medicina homeopática a una catástrofe natural.
De cualquier forma, al final cada uno le da la forma que más le gusta a lo que percibe, así que no sé para qué me enredo en explicaciones.

El caso es que ahí están, los dos tubos, azul y malva. —Me gusta el adjetivo ‘malva’, por sinestésico y por evocador de las provocativas sombras de Mari Trini en los televisores a todo color de los ochenta.

Dos pequeños tubos, del mismo tamaño y forma, que se distinguen por el color y por las letras que rezan sus etiquetas, formalmente idénticas. Y tú hace como una hora larga que te tomaste tres gránulos —tres— mientras veías el final del décimo episodio de la primera temporada de The Wire, cuyo visionado comenzaste tumbada y fue paulatinamente tensándote cada músculo del cuerpo para terminar contigo sentada en la cama y encogida ante la pantalla de tu portátil. Una postura totalmente antinatural y angustiosa de ver, cuanto más de sentir. Pues tres gránulos, tres, que pusiste bajo tu lengua hace ni se sabe cuántos minutos en realidad —porque aunque el contador del vídeo diga que la escena transcurre en cinco minutos de mi vida, no tengo la sensación de haber consumido tan poco tiempo, que dicen además que es relativo—, y entonces dispararon a Kima y no la encontraban entre tanto callejón, que ni ella sabía exactamente dónde estaba, y transcurrieron horas, pareciera, y entonces fundido en negro y los acordes de Way Down in the Hole

Y vuelvo a mirar a la mesita de noche, con la lámpara, los libros, el tabaco, arena de la playa de Goa en un precioso tarro de cristal azul que me trajeron Libertad y Rubén; gomas del pelo; crema de manos… y dos tubitos de diferente color y diferente nombre. Pero cuyo contenido es imposible de distinguir, y es imposible también recordar de cuál de los dos envases salieron aquellos tres granulitos. —¿Cuál me tendría que tomar ahora? La cuestión me asedia: no me deja vivir—.

Intento evocar la imagen del tapón. Algo debería haber conservado mi retina, de alguna manera esa captura visual, que es en esencia tan solo información transmitida a golpe de impulso nervioso, tiene que estar ahí, registrada en alguna parte de mi memoria: un tapón, sobre el blanco de la cubierta de La cartuja de Parma, un tapón… Me retrotraigo e intento revivir en imágenes la secuencia de los hechos, rebobinar mentalmente y reproducir de memoria las impresiones visuales que debieron producirse en el momento de coger el tubito y hacer que cayeran bolitas de él.

Como si fuera un Terminator T-800 modelo Cyber Dyne 101.

Me doy cuenta de que tengo que dejar de ver Blade Runner o terminaré creyéndome capaz de apuntar a un rincón del escritorio con mi visión de algoritmos milagrosos y diferenciar con claridad los mitocondrios del resto de elementos de una célula del tejido ocular de un ácaro —¿tendrán ojos los ácaros?— que forme la millonésima parte de una mota de polvo depositada allí.

Y pruebo a pensar en otra cosa, como si también fuera posible distraerme yo misma de mí, y dejar de mirar hacia donde aguardan los dos tubos azul y malva, tumbados y casi simétricos en sus posturas opuestas, que parecen por un momento entonar por lo bajo aquella infame —pero pegadiza— canción de Sandro Giacobe, El jardín prohibido, con la que nada más escuchar el estribillo te entran ganas de lanzarle una patada voladora al pavo antes de soltarle un ‘lo siento mucho, la vida es así: no la he inventado yo’.
Ellos, los tubos, como si nada y yo pruebo a apartar la vista y volver a mirar de repente a ver si el impacto pudiera confundir a mi memoria visual y conseguir así que se le colara en el presente un fotograma de recuerdo en el que pueda distinguir el color del tapón del tubito que abrí justo antes del final del décimo episodio de la primera temporada de The Wire.

Porque si supiera de qué color era ese tapón, y por consiguiente de qué color era ese tubito, sabría también de qué sustancia con nombre en latín me he metido un chute, y sabría por tanto de qué envase debería extraer otras tres bolitas para poner bajo mi lengua y podría, por una vez, no dejar mi equilibrio químico en las manos de la hipotética e imposible tanto de corroborar como de refutar ‘ley de la compensación de los sucesos aleatorios y por azar’ —enunciada por mí misma, y que en realidad no me termino de creer—.

jueves, 24 de marzo de 2011

I Love You, Jimmy Darmody


Siempre me enamoro de personajes de ficción; supongo que ése es el precio que una paga por aprender a leer entre las líneas del mundo demasiado pronto. Los libros tienen la culpa; el nitrato de plata y las butacas incómodas con olor a maíz caliente; el vídeo beta y Rocky y Siete novias para siete hermanos; los largos viajes de noche en los que adivinabas las ondas producidas en la superficie de la luna, miles de kilómetros lejos de ti —Mira. Mira… Me sigue, adonde vaya—. La culpa es del chachachá, las parcas hilan el tejido que vestirá tu piel mucho antes de tu nacimiento, no soy yo, que son mis circunstancias.

El caso es que Jimmy Darmody me recordaba demasiado a Di Caprio, tan blandito y con cara de niña, para mí. Su tez pálida, sus ojos claros, ese mentón femenino y la boca caprichosa; no, nunca me habría fijado en él.

Pero Jimmy camina despacio y arrastrando una pierna, que sus heridas de guerra no le permiten hacerlo de otra forma. Lleva los hombros encogidos tal que un Sísifo mortal cuya carga se siente al verle levantar la mirada. Casi nunca sonríe y tiene la parsimonia del que sufre el síndrome de Casandra y aguarda con paciencia lo que el destino le depara. Acepta los agravios con una mirada sostenida y un parpadeo como única respuesta, la cabeza ladeada, los labios serenos.

No es un iletrado cualquiera, Jimmy, ¿sabes? Princeton, nada menos. Lo cambió, eso sí, por la batalla de Verdún, en el frente del Marne, el más cruel que jamás haya existido. Cinco minutos en una trinchera —le dice, la voz un susurro, a la madre de su hijo acerca de sus cuadros— y olvidas que en el mundo hay lugar para la belleza.

Cuando Jimmy mira, puedes apreciar que ve más que tú y que cualquiera. Ve cuanto es y cuanto él quiere que sea. Vislumbra el final del camino y orquesta la melodía con una habilidad serena. Si desea algo alarga la mano y lo hace suyo, extrayendo su esencia con movimientos drásticos y de fuerza contenida. Sí, arrastra la pierna, pero sus pasos son certeros.

Jimmy ha vivido la peor guerra de todas, la primera, y por eso se adivina la tormenta concentrada que le agarrota los trapecios. Pero saborea las sílabas cuando acaricia a su amada Pearl, la prostituta que recibió en su nombre el navajazo que le rasgó la belleza.

En su infinito conocimiento y poder, Jimmy administra justicia; la suya, la que sabe que es la única que existe. Y como es propio de un héroe de los años veinte, responde con templanza al desafío del desesperado. ¿Qué vas a hacer? ¿Dispararme para fanfarronear? Espeta de rodillas un desventurado heredero del apellido D’Allesio, con nombre de papa.

No iba a hacerlo, pero acabas de darme una idea, le concede Jimmy de pie y con calma, antes de entregarle un limpio balazo en la frente.

Jimmy contiene y representa el dolor de vivir amoldando sus circunstancias para convertirlas en posibilidades. Comprende la debilidad y se aleja de ella, porque en él no tiene cabida. Arranca la vida de quien lo merece —porque es así, sin duda, si él así lo considera— pero protege con intensidad y ternura a su madre, a su mujer, a su amante prostituta. Hay un juicio para todas ellas bajo el lacio y rubio cabello engominado, tras la mirada intensa, clara y ojerosa. Pero de entre sus parsimoniosos labios nunca se desliza un reproche siquiera encerrado entre los sonidos huecos.

Yo amo a Jimmy porque es perfecto, desgrana su mortalidad a cada instante y en un exceso de confianza a veces sonríe hincando una sola de sus comisuras carnosas. Y aunque sé que nunca existen razones lógicas para enamorarse, menos de un personaje de ficción, cada vez que lo veo detenerse e inclinar la mirada, balanceándose entre uno y otro pie, me digo a mí misma consciente de lo absurdo de mi sustento: ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

martes, 15 de marzo de 2011

Llueve y borra


One step, two steps... Another step.

Las cosas no son como nos dijeron que debían ser.

He doesn't care about you. No one cares about the world.

Un café, la calle; coge el paraguas antes de salir.

Las cosas siguen sin ser como ellos dijeron que debían ser.

Y el sol sale por el Este y no todos se visten por los pies. Los espejos obedecen al reflejo del mejor postor.

One step, two steps... Anyway. Who cares?

domingo, 13 de febrero de 2011

Nada te turbe, todo pasa.


Tú eres tan pequeña y tan frágil, en realidad. Te sostengo en brazos y tú sostienes en tus manos el mundo, con esas manos tan pequeñas y tan frágiles. Si fuera por ti, inocente y cristalina, derrocharías la vida y la entregarías sin reservas. Menos mal que estoy aquí, para cuidarte. Ahora no lo entiendes, ahora mismo crees que te guardo por egoísmo o por impiedad, que no puedo entender cuánto necesitas respirar el aire que tú has elegido. Crees que tu cuerpo no importa, que el alimento no es básico, que sobrevivirías sin pan ni agua, sólo te haría falta para mantener el hálito vital contemplar la belleza de la cuidada artesanía que creas y ensamblas con tus propias manos —tan pequeñas, tan frágiles—. Y afuera te espera el asfalto de la ciudad, duro, frío, gris e inseguro, en el que tus coloridas piezas se difuminarían atropelladas por los camiones que reparten el sustento del otro. Mi pequeña no quiere verlo.

Pero yo guardo la memoria desde el principio de los tiempos, cada grano de arena pesa en mis párpados y aun así los mantengo abiertos, para ti, para que en tu jardín nunca falte el agua ni la brisa ni el sol radiante. Para que tus pasos sean mullidos y frescos, entre hierba recién cortada. No me niegues porque ahora vivas en una fría, larga y desértica noche sin luna, que en realidad mi escudo te resguarda de un sol abrasador que sólo provocaría espejismos ante tus ojos, tan oscuros y tan claros.

La audacia y el coraje de la infancia te impulsan, y a mí me toca frenarte, tarea desagradecida e injusta la mía. Ojalá pudieras sentir cuánto te amo y cuán necesario es lo que hago por ti.

Y yo te arrullo en mis brazos, y te susurro que todo pasa, que todo pasa, que igual el cielo no vuelve nunca a ser tan azul, pero al menos tu mirada seguirá intacta.

jueves, 13 de enero de 2011

Sarah y la responsabilidad


Vivimos en un planeta que gira a velocidad vertiginosa, y lo que es noticia ahora no lo será dentro de un instante. La información nos golpea, nos inunda, nos desborda, y, así, no somos capaces de dedicar más de un par de minutos a la conmiseración humana, suerte de esfuerzo de empatía, por ponerse en el lugar del otro. Como resultado, la realidad que percibimos es recortada, iluminada, sazonada al gusto; un collage de sensaciones y opiniones a medio reflexionar que rara vez nos permite obtener una certera visión de conjunto.


Hace un par de días un veinteañero armado con mirada de visionario desquiciado disparó a una congresista demócrata que figuraba, con una diana junto a su nombre, en la lista de ‘enemigos’ de los valores conservadores —retrógrados y limitados, para algunos entre los que me cuento— del llamado ‘Tea Party’, con Sarah Palin a la cabeza.


Yo he debido de estar equivocada durante la mayor parte de mi existencia, creyendo que cualquier ser humano es responsable de su vida y de sus actos, y que, más allá del propio camino de cada uno, un político acepta la responsabilidad de condensar, moldear y guiar las voces de sus electores, además de defender con su discurso los principios que cree justos y necesarios para conducir una comunidad, aquella a la que representa. Un político debería hacerse responsable de aquellos ideales que defiende, y la persona que habita el cuerpo, a la que suponemos cargada de debilidades y capaz de equivocarse como el resto de los mortales, debiera por ende asumir las consecuencias de sus actos, y las derivaciones, por espeluznantes que sean, de sus errores.


Sarah, tienes nombre de princesa hebrea, ¿lo sabías? Así se llamaba la única mujer que, según la tradición rabínica, se comunicó con dios, y que albergaba un alma tan generosa que, al no poder concebir, animó a su esposo Abraham a procrear con su esclava.


Tu voz llega a medio mundo. A cada uno de nosotros, nos llega tu mensaje estemos de acuerdo con él o no. Los educados en los principios democráticos, creemos en la necesidad de salvaguardar tu derecho a defender tus opiniones y a inculcar en todo aquel que se identifique con ellas las líneas de acción y comportamiento que consideres mejores para crear ciudadanos responsables que conformen la sociedad ideal que soñáis.


Y, en el desempeño de tu labor política, la comunicación es la principal herramienta y cada gesto importa; estoy convencida de que esta última frase en ti se ha convertido en certeza, de tanto escucharla de tus asesores de imagen. La sonrisa amplia, la mirada afilada, los zapatos limpios y las manos relajadas. Ahora no puedes decirnos que el hecho de señalar a una persona como culpable, colocar un punto de mira junto a su nombre y apellidos, etiquetar su imagen públicamente con el mismo término que se utiliza para designar en combate a aquel que el soldado debe matar, no tiene relación alguna con el comportamiento individual de uno de tus seguidores, por muy desconectado de la realidad que esté. Si eres responsable de cada voto que lleva tu nombre, también lo eres del mensaje que haces llegar a cada votante.

¿No recoge tu sistema judicial la figura del instigador? ¿No es igual de asesino el que aprieta el gatillo que quien le convence o seduce para que lo haga?


Esta noche, Sarah, tras leer tus palabras, me doy cuenta de la vigencia de aquel viejo y desgastado libro que tanto defendéis algunos; de la vigencia, sobre todo, de sus personajes. Y para encarnar la actualidad de la Biblia, tras cientos y cientos de años, tú te lavas las manos en una pila de agua sucia. Sucia y oscura como tu alma, Sarah, que probablemente descansa ciega, incapaz de reconocer que va desnuda y que ninguno percibimos tu traje nuevo de emperatriz.


Es posible que a pocos importe, y es bastante probable que tu ángulo de visión no abarque los claroscuros que recorto y pego en mi mural personal, pero, en lo que a mi collage de reconstrucción de los últimos hechos del mundo se refiere, hace más de un año apuntaste, y hace casi seis días acabaste con la vida de seis personas que pensaban de manera distinta a ti. Y yo no sé cuál entenderás tú que es la misión de la carrera de un político, pero soy incapaz de ver en qué modo tu mensaje ha hecho de éste que compartimos un lugar mejor.


http://www.elpais.com/articulo/internacional/Sarah/Palin/recurre/antisemitismo/replicar/quienes/vinculan/tiroteo/Tucson/elpepuintusa/20110112elpepuint_12/Tes

domingo, 9 de enero de 2011

Reflexiones Sueltas I


Hace un mes o dos, que ya no tengo conciencia del tiempo, me encontraba en una tienda de muebles acompañando a la increíble Rosalía mientras ultimaba los detalles de la compra de su sofá 'de las comidas', prodigio de comodidad que aún no he tenido la oportunidad de probar en su ubicación de destino. Nos atendía un afable y bienhumorado señor con el que mantuvimos un gracioso intercambio de impresiones acerca de cuestiones triviales, hasta que, una vez sentados y con las decisiones tomadas, comenzamos a hablar de una cuestión ineludible en estos días: la crisis económica. Los tiempos de entrega de los muebles se habían duplicado, no tanto por la elevación del número de peticiones como por las sucesivas reducciones de plantillas.
Y es que todos conocemos la tendencia que de repente han tomado la mayoría de las empresas de utilizar menos personal para realizar las mismas tareas, recortando costes y calidad, en el producto y en el servicio.

En un momento dado, se comentó el caso de una firma de muebles de reconocido prestigio, con más de sesenta años de historia a sus espaldas, que había entrado en suspensión de pagos en el último año. Como a veces sufro el irrefrenable impulso de convertir las conversaciones cargadas de seriedad en un chiste, no pudo suceder de otra manera y, al escuchar la afirmación del simpático dependiente, le espeté:

—¿Sesenta años de historia y entran en suspensión de pagos este último año? No me digas más: hace un par de años que murieron los propietarios originales y se hizo cargo la nueva generación, la mía, que somos todos unos listos, cambiaron el modelo de negocio, sacaron la producción a China para abaratar costes y ahora son incapaces de salir del bosque en el que se han metido.

Aquel señor tan agradable y risueño me dio la razón, y desde entonces no he dejado de encontrar ejemplos de los desastres económicos provocados por el cambio generacional en la dirección de los conglomerados empresariales. Empresas ñoñas de decoración del barrio de Salamanca, grupos editoriales y de comunicación, panaderías e incluso algún que otro establecimiento hostelero —lo que comúnmente llamaríamos 'garitos'—, por extraño que pueda parecer.

Nos han alimentado el ego desde pequeños, a golpe de barbies y barcos piratas de playmobil primero, de nintendos y playstations algo más tarde. Nos repitieron hasta la saciedad que si nos sacábamos una carrera —a ser posible algo de economía o una ingeniería, si no teníamos vocación de cirujanos o dentistas— nuestra vida transcurriría ajena a cualquier preocupación más allá de si nuestra cocina estaba al tanto de los últimos avances en domótica o nuestro BMW era más potente que el del vecino. Lo que realmente importaba era poseer un título, un papel que certificara que éramos merecedores de eso y de más, sin necesidad de prueba empírica o esfuerzo por nuestra parte.

Pero lo peor de todo es que nos grabamos esta escala de valores a fuego, y después de tantos años asistiendo a clase, después de tantas horas de lectura y análisis de textos, la mayoría de nosotros, aun a pesar de poder colgar de la pared un bonito diploma firmado por el rey, no ha transitado por esta experiencia más que como por una vaga ensoñación en la que, a la manera de un sonámbulo, uno repite textos o fórmulas y vomita disecciones de conceptos a la vez que copia y reproduce las actitudes que se identifican como propias del papel estudiantil.

Nos hemos criado en el mundo de las formas, donde el que más grita es el que tiene más razón, donde el adulto es el que pone gesto de impaciencia y tiene mucha prisa; un universo en el que las apariencias han devorado casi hasta los huesos la carne de las verdaderas cualidades, porque no importa tanto ser bueno en lo que haces, como que los demás lo crean.

Y de tanto vestirse de seda, a la mona se le ha olvidado mirarse en el espejo.

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Cuando estudiaba periodismo, allá por mi segundo primero de carrera, salía con un chico al que, de vez en cuando, le daba por venir a buscarme a la salida de clase.

Al principio me esperaba dentro de la estación de metro, más allá de los tornos, para ahorrarse el billete —para ser sincera, debo admitir que la que ahorraba era yo—. Más tarde, cogió la costumbre de acercarse hasta la puerta de mi facultad y, en cuanto me alcanzaba, me dispensaba de la pesada carpeta y los libros que llevara para cargarlos él. Estos arrebatos de caballerosidad no me sorprendieron hasta que comencé a vislumbrar otras sospechosas actitudes.

De repente, me esperaba en la parada del autobús con un libro que parecía leer. Digo parecía porque alguna vez llegué a divisar desde la ventanilla la cubierta al revés de La casa de los espíritus, y para corroborar mi hipótesis estaba el hecho de que no hubiera traspasado la novena página tras meses de repetirse la escena. Ni que decir tiene que cada vez que le preguntaba su opinión acerca de la trama de la novela, invariablemente cambiaba de conversación, llegando a generar algún tenso enfrentamiento a tenor de cualquiera otra cosa, si es que yo persistía en mis indagaciones.

Lo que terminó de convencerme de que algo raro pasaba fue el día en que apareció con unas bonitas gafas de montura al aire y el eterno libro de la Allende bajo el brazo, en las escaleras del hall del edificio donde yo estudiaba.

—¿Te has puesto gafas? Pero si tienes la vista de un halcón, siempre lo has dicho…
—Ya. Son sin graduación. No voy a venir a buscarte y que todo el mundo se dé cuenta de que me quedé en octavo de EGB. ¿Me quedan bien?
—Sí —respondí inmediatamente, y le besé con ternura, porque a mí siempre me han enternecido las debilidades masculinas—. Cualquiera diría que eres un intelectual. Anda, vamos a cenar al McDonalds.

(...)