domingo, 9 de enero de 2011

Reflexiones Sueltas I


Hace un mes o dos, que ya no tengo conciencia del tiempo, me encontraba en una tienda de muebles acompañando a la increíble Rosalía mientras ultimaba los detalles de la compra de su sofá 'de las comidas', prodigio de comodidad que aún no he tenido la oportunidad de probar en su ubicación de destino. Nos atendía un afable y bienhumorado señor con el que mantuvimos un gracioso intercambio de impresiones acerca de cuestiones triviales, hasta que, una vez sentados y con las decisiones tomadas, comenzamos a hablar de una cuestión ineludible en estos días: la crisis económica. Los tiempos de entrega de los muebles se habían duplicado, no tanto por la elevación del número de peticiones como por las sucesivas reducciones de plantillas.
Y es que todos conocemos la tendencia que de repente han tomado la mayoría de las empresas de utilizar menos personal para realizar las mismas tareas, recortando costes y calidad, en el producto y en el servicio.

En un momento dado, se comentó el caso de una firma de muebles de reconocido prestigio, con más de sesenta años de historia a sus espaldas, que había entrado en suspensión de pagos en el último año. Como a veces sufro el irrefrenable impulso de convertir las conversaciones cargadas de seriedad en un chiste, no pudo suceder de otra manera y, al escuchar la afirmación del simpático dependiente, le espeté:

—¿Sesenta años de historia y entran en suspensión de pagos este último año? No me digas más: hace un par de años que murieron los propietarios originales y se hizo cargo la nueva generación, la mía, que somos todos unos listos, cambiaron el modelo de negocio, sacaron la producción a China para abaratar costes y ahora son incapaces de salir del bosque en el que se han metido.

Aquel señor tan agradable y risueño me dio la razón, y desde entonces no he dejado de encontrar ejemplos de los desastres económicos provocados por el cambio generacional en la dirección de los conglomerados empresariales. Empresas ñoñas de decoración del barrio de Salamanca, grupos editoriales y de comunicación, panaderías e incluso algún que otro establecimiento hostelero —lo que comúnmente llamaríamos 'garitos'—, por extraño que pueda parecer.

Nos han alimentado el ego desde pequeños, a golpe de barbies y barcos piratas de playmobil primero, de nintendos y playstations algo más tarde. Nos repitieron hasta la saciedad que si nos sacábamos una carrera —a ser posible algo de economía o una ingeniería, si no teníamos vocación de cirujanos o dentistas— nuestra vida transcurriría ajena a cualquier preocupación más allá de si nuestra cocina estaba al tanto de los últimos avances en domótica o nuestro BMW era más potente que el del vecino. Lo que realmente importaba era poseer un título, un papel que certificara que éramos merecedores de eso y de más, sin necesidad de prueba empírica o esfuerzo por nuestra parte.

Pero lo peor de todo es que nos grabamos esta escala de valores a fuego, y después de tantos años asistiendo a clase, después de tantas horas de lectura y análisis de textos, la mayoría de nosotros, aun a pesar de poder colgar de la pared un bonito diploma firmado por el rey, no ha transitado por esta experiencia más que como por una vaga ensoñación en la que, a la manera de un sonámbulo, uno repite textos o fórmulas y vomita disecciones de conceptos a la vez que copia y reproduce las actitudes que se identifican como propias del papel estudiantil.

Nos hemos criado en el mundo de las formas, donde el que más grita es el que tiene más razón, donde el adulto es el que pone gesto de impaciencia y tiene mucha prisa; un universo en el que las apariencias han devorado casi hasta los huesos la carne de las verdaderas cualidades, porque no importa tanto ser bueno en lo que haces, como que los demás lo crean.

Y de tanto vestirse de seda, a la mona se le ha olvidado mirarse en el espejo.

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Cuando estudiaba periodismo, allá por mi segundo primero de carrera, salía con un chico al que, de vez en cuando, le daba por venir a buscarme a la salida de clase.

Al principio me esperaba dentro de la estación de metro, más allá de los tornos, para ahorrarse el billete —para ser sincera, debo admitir que la que ahorraba era yo—. Más tarde, cogió la costumbre de acercarse hasta la puerta de mi facultad y, en cuanto me alcanzaba, me dispensaba de la pesada carpeta y los libros que llevara para cargarlos él. Estos arrebatos de caballerosidad no me sorprendieron hasta que comencé a vislumbrar otras sospechosas actitudes.

De repente, me esperaba en la parada del autobús con un libro que parecía leer. Digo parecía porque alguna vez llegué a divisar desde la ventanilla la cubierta al revés de La casa de los espíritus, y para corroborar mi hipótesis estaba el hecho de que no hubiera traspasado la novena página tras meses de repetirse la escena. Ni que decir tiene que cada vez que le preguntaba su opinión acerca de la trama de la novela, invariablemente cambiaba de conversación, llegando a generar algún tenso enfrentamiento a tenor de cualquiera otra cosa, si es que yo persistía en mis indagaciones.

Lo que terminó de convencerme de que algo raro pasaba fue el día en que apareció con unas bonitas gafas de montura al aire y el eterno libro de la Allende bajo el brazo, en las escaleras del hall del edificio donde yo estudiaba.

—¿Te has puesto gafas? Pero si tienes la vista de un halcón, siempre lo has dicho…
—Ya. Son sin graduación. No voy a venir a buscarte y que todo el mundo se dé cuenta de que me quedé en octavo de EGB. ¿Me quedan bien?
—Sí —respondí inmediatamente, y le besé con ternura, porque a mí siempre me han enternecido las debilidades masculinas—. Cualquiera diría que eres un intelectual. Anda, vamos a cenar al McDonalds.

(...)

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